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¿Se puede abrir en la educación un tiempo de intensidad, de presente, un tiempo que siga el pulso del corazón, y no el tic- tac del reloj? ¿Se puede habitar la educación con una mirada gratuita, sin segundas intenciones, sin condiciones, una mirada que en lugar de imponer y disponer se abra y simplemente reciba al otro?

Si bien la niñez pertenece a una etapa cronológica de la vida y por lo tanto, una etapa que comienza y que termina, la infancia corresponde a un modo de habitar el tiempo y de mirar la realidad.

En esta experiencia de tres días, entre 100 y 200 jóvenes de diferentes realidades se encuentran para habitar el tiempo y la mirada de la infancia y desde el juego, los cuentos, la pintura, el pensamiento, la escritura y la fotografía redescubren
la realidad como donación, recuperando la capacidad de asombro.

Esta experiencia, a diferencia de las demás en Scholas, no tiene un nombre prestablecido, –como un niño al encontrarse una caja de cartón– cada grupo de jóvenes en todo el mundo la va nombrando a partir de lo vivido.

La infancia, en este sentido, se presenta como la posibilidad de volver al contacto con la vida para, desde allí, re-crear nuestro habitar en el mundo.